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Noelia tenía razón. Pero también estaba equivocada

Un sábado a la mañana, Noelia levantó la lista de materiales, frunció el ceño y me dijo que había un error. Lo buscó en el ChatGPT. El ChatGPT le dio la razón. Las dos estaban equivocadas.

Noelia tenía razón. Pero también estaba equivocada

Era un sábado a la mañana. De esos sábados sin heroísmo posible.

Yo había repartido la lista de materiales del módulo, esa hoja que los alumnos miran como si fuera un telegrama con malas noticias. Catorce renglones. Herramientas, insumos, telas. Todo prolijo, todo con mayúsculas donde correspondía.

Y ahí, en el renglón ocho, decía: **Fliselina**.

Noelia la levantó. La miró. Me miró a mí. Volvió a mirar la hoja, como buscando un error que justificara la indignación que ya le estaba armando la cara.

—Profe —dijo—, acá dice *fliselina*. Sin la erre.

—Sí —dije yo.

—Pero es *friselina* —dijo ella, con esa seguridad que uno tiene cuando está equivocado pero todavía no lo sabe.

—No —dije yo.

Hubo un silencio. De esos silencios que en un taller de tapicería duran exactamente lo que tarda alguien en sacar el teléfono.

Noelia sacó el teléfono.

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Lo que siguió fue previsible, como casi todo lo previsible que ocurre en la vida. Consultó al ChatGPT. Le preguntó cómo se escribía. Y el ChatGPT, con toda la confianza del mundo y ningún pudor, le dijo que era **friselina**, con erre, como siempre se dijo, como todo el mundo lo sabe.

Noelia me mostró la pantalla con la suavidad de quien le muestra a un sospechoso la foto del crimen.

—Acá dice friselina, profe.

Yo miré la pantalla. Miré a Noelia. Miré al resto de los alumnos, que ya habían adoptado esa expresión neutral que uno adopta cuando no quiere quedar en el medio de una pelea pero tampoco quiere perderse el espectáculo.

—Está mal —dije.

—¿El ChatGPT está mal?

—En esto, sí.

Nuevo silencio. Más largo. Con más teléfonos levantados.

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Entonces les conté la historia.

Y la historia, como casi todas las buenas historias, empieza en Alemania.

En 1849, en la ciudad de Weinheim, un señor llamado **Carl Johann Freudenberg** fundó una empresa. Al principio fabricaban cuero. Después fueron sumando cosas, como hacen las empresas cuando les va bien y los dueños se aburren. Y en **1948**, esa empresa hizo algo que cambiaría para siempre los talleres de costura, las aulas de tapicería y las conversaciones de los martes a la mañana: inventaron una tela no tejida, liviana, que servía para reforzar telas, dar cuerpo a géneros blandos, y hacer que las cosas quedaran como debían quedar.

Le pusieron un nombre en alemán: **Vlieseline**.

*Vlies* en alemán significa “vellón”, “tela no tejida”. *Line*, bueno, es line. La línea. El producto.

**Vlieseline**.

Ahora bien. En alemán, la **V** se pronuncia **F**. Siempre. Es una regla sin excepciones, como pocas cosas en la vida. Entonces *Vlieseline* no se dice “Vlieseline” como uno lo leería en castellano. Se dice, fonéticamente: ***Fliseline***.

Y cuando ese producto llegó a España, a América Latina, a los mercados y mercerías del mundo, la gente escuchó “Fliseline” y lo escribió como lo oyó: **Fliselina**.

Eso es todo. Ese es el origen. Tan simple, tan alemán, tan inevitable.

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—Entonces, ¿por qué todos dicen friselina? —preguntó alguien desde el fondo. No recuerdo quién. Esas preguntas siempre vienen del fondo.

—Porque así pasan las cosas —dije—. Alguien escuchó *fliselina*, le pareció raro, le puso una erre en el medio para que sonara más natural, y lo dijo así en el taller. El del taller se lo dijo al proveedor. El proveedor se lo dijo a otro proveedor. Y así durante setenta años hasta que Noelia se lo preguntó al ChatGPT.

Noelia no dijo nada. Pero tampoco guardó el teléfono, lo cual ya era una forma de procesar la información.

—El ChatGPT no está mal por maldad —aclaré—. Está mal porque aprendió de nosotros. Aprendió de millones de personas que escribieron *friselina* porque así lo escucharon, así lo dijeron sus madres, sus profesoras, las etiquetas de los rollos en las mercerías del barrio. Tiene razón estadística. Pero la estadística, a veces, es la historia del error multiplicado.

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Fliselina. Sin erre.

**Vlieseline** en alemán. **Fliselina** en castellano fiel al origen. **Friselina** en la calle, en los grupos de WhatsApp, en el ChatGPT, en la lengua viva de un país que siempre le puso su propia erre a las cosas que le llegaron de afuera.

¿Está mal decir friselina? En la práctica, no. Todo el mundo entiende. Nadie va a mirarlos raro en la mercería. El rollo va a ser el mismo rollo.

Pero acá, en la Escuela, sabemos de dónde viene cada cosa. El nombre del material, la historia del material, por qué se llama como se llama y por qué a veces se llama distinto.

Eso también es el oficio.

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Noelia guardó el teléfono.

Creo que me creyó. O al menos dejó de no creerme, que en la educación es casi lo mismo.

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*Mauro Gómez es tapicero, docente y fundador de la Escuela Argentina de Tapicería (EAT), donde desde hace 14 años enseña el oficio con las manos y, de vez en cuando, con la historia.*

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